Lo Más Tonto entre los Tontos

Abiertas están, para aquellos que escuchen, las puertas de lo inmortal;
hagámosles renunciar a su fe.

Desde la Cima del Mundo es fácil ver. Es fácil verlo todo hasta lo más desagradable.

A veces es por vagancia, a veces por simple incapacidad, la inmensa mayoría de los humanos no desarrollan las funciones mentales superiores y, simplemente, viven una vida mecánica, programada y precocinada. A estos seres se les llama tontos y representan la riqueza de los pueblos.

Nada hay más rentable, mejor remunerado y más relajado que engañar a los tontos. Es la ocupación principal de las élites políticas, religiosas y económicas de todos los tiempos. Su creación y conservación es la tarea principal de estas oligarquías que viven del cuento, y nunca mejor dicho.

El tonto es alguien que te entrega el fruto de su trabajo y de su esfuerzo a cambio de un puñado de mentiras. Eso sí, las mentiras tienen que ser tan burdas, tan irreales, tan esperpénticas que solo puedan ser aceptadas tal cual y eso se hace mediante la fe.

La fe es un mecanismo sustitutorio de la razón. Si tienes fe no necesitas tener razón. Si tienes razón no necesitas tener fe. La fe es ese mecanismo que cambia un cerebro sano que procesa por un cerebro degenerado que solo recuerda. Cambiando un procesador potente por una memoria mediocre, se anula al humano y creamos al tonto. En apariencia parece persona, pero realmente es más decorado, bien material, medio de producción, que actor de su vida.

Para el tonto hay pocos dolores más agudos que tratar de pensar. ¡Que piensen otros! Y sí, hay otros que sí lo hacen para desgracia del tonto. El tonto es productivo, útil, trabajador. Es un humanoide programado que beneficia a su amo, porque todo tonto tiene amo.  Al menos, uno. Porque los tontos siempre están en una fila.

El tonto se distingue del humano normal en que vive exclusivamente en el mundo de los conceptos por lo que los límites de su realidad son los límites de sus conceptos. Por una parte, los conceptos son ilimitados en dirección hacia la ignorancia, así el tonto piensa en una vaca, a continuación, piensa en unas alas… y ya tiene una vaca que vuela. Esto no acaba aquí, el tonto puede agarrar cualquier concepto absurdo y darle vida y propiedades. Si el tonto puede pensar en ello, considerando que piensa defectuosamente, para el tonto puede existir. Por otra parte, su realidad no se extiende por lo real ya que no tiene capacidad para analizarla.

Vamos a poner dos casos.

El primero es la idea de Dios. Es una idea absurda en sí misma y no solo en sí misma, sino que el absurdo llega a multiplicarse por sí mismo. La omnipotencia es absurda: no puede hacer lo que ya ha hecho. La omnisciencia es muda por lo que no sirve para nada: comunicar lo que va a pasar puede provocar que no pase. La omnipresencia obliga a la total inmovilidad: no se puede ir a donde ya se está. La completitud obliga a la inacción y a la ausencia de voluntad. La omnipotencia es opuesta a la omnisciencia porque no se puede hacer lo que se sabe que no se va a hacer. La omnipotencia es opuesta a la omnipresencia porque no puede ir a ninguna parte, porque ya está allí… y así.

Dios solo cabe en una mente calamitosa, lo que dice bien poco de su propietario. No es difícil introducir el absurdo en una mente dañada siempre y cuando se use para hacerlo el mismo absurdo. Por ejemplo, sostener que un libro abstruso que nadie lee y que es pura contradicción en sí mismo es lo que dice Dios (porque Dios habla, o sea, se mueve, o sea no es completo, o sea … vamos a dejarlo) y demuestra que es Dios el que lo dice porque el libro dice que lo ha dicho Dios. Y los devotos sostienen su irrealidad en contra de toda evidencia porque… ¿para qué sirve la evidencia si se tiene fe? Lo que dijimos antes, donde entra la fe, sale la razón y con ella aquello que podemos considerar como humano.

La fe se disfraza de magia y superstición para allanar el camino a tales barbaridades… Tener fe sirve para ver lo que no hay, para ver milagros en cualquier fenómeno físico. La fe no solo es que sea ciega, es que ciega. No hay más ciego que el que se arranca los ojos para ver a través de la fe.

Y luego la acompaña la esperanza. Vivir alienado, sufriendo por la fe, es lo mejor que hay porque la esperanza mantiene el engaño justo un instante más allá de donde se sabe que el adepto no va a volver para denunciar el engaño. Para eso, dejar las cosas para después de la muerte, al ser un argumento ridículo, es ideal para colocárselo a los tontos.

Y la caridad, o sea, aparecer como buena gente para atraer a más tontos y contagiarlos de esta enfermedad destructiva de la mente.

Además, alguien que pone a Dios por encima de todas las cosas (algo que la religión obliga, antes de nada) indica que esa cosa a la que llamamos tonto pone el absurdo total rigiendo su comportamiento.

Resumiendo, alguien que crea en Dios, no solo ya que lo proclame con absoluta desvergüenza, posee una mente tan defectuosa, tan descompuesta que hace pensar si tiene algún aspecto en común con un humano corriente, de esos que razonan y piensan, más allá de su apariencia física y su capaz de reproducción cruzada.

Pero no solo la creencia en Dios es un indicativo de cabezas llenas de nada. Tener fe en cualquier cosa que sea relevante, sin más análisis que la fe en los análisis de otro es una buena indicación de esta clase de daño cerebral. Así, hay gente que oye historias fabulosas de un príncipe maravilloso de cuento, que era muy bueno y compasivo y que, como también quieren ser maravillosos, buenos y compasivos, se afilian a “ser” buddhistas. Eso de “ser” es una capa de magia que transmuta una cosa en otra. De mentira, claro.

Tener fe en “ser”, en que se adquieren cualidades por “ser” es el uso de la magia de los conceptos, y de nuevo, una muestra de la corrupción de la mente.  Y se rodean de signos externos que refuercen ese “ser” ante los demás y ante sí mismos.

Y ahí se queda todo: el tonto jugando a ser lo que no es, solo porque su mente puede imaginar cualquier barbaridad y como no existe diferencia entre lo que imagina y su realidad, su realidad es delirio.

El segundo caso, como vimos que su realidad no se extiende por lo real ya que no tiene capacidad para analizarla, se traduce en su incapacidad para ver lo que es obvio y evidente: los conceptos solo están en la mente, y no salen de ahí, no tienen poder de modificar la realidad más allá de la conducta que provocan en aquellos que están parasitados por ellos. No ven que los conceptos son solo veneno y que en lo que ellos reaccionan no es el concepto vivo, sino su propia mente intoxicada.

Que todo está condicionado, una evidencia aplastante, hay que “enseñarlo” … y los tontos lo aprenden por fe. Y como todo está condicionado, todo es impermanente, lo que el tonto también aprende por fe. Y como todo es impermanente, no como los mágicos conceptos, todo es insatisfactorio, algo que el tonto también aprende por fe, porque para él la realidad son los conceptos y duran lo que ellos quieran que dure… Y que nada tiene existencia intrínseca, el tonto lo aprende por fe, aunque para él en su delirio las cosas surgen de la nada, de la suerte, de la casualidad, por sí mismas, o en dependencia de otro concepto que también surge por sí mismo.

Los tontos habitan este planeta y son regados por las élites. Se proclaman leyes para protegerlos y encerrar a los que los perturben “hiriendo la sensibilidad religiosa”. Los mismos tontos que devocionan a los mismos malvados que les explotan. En religión, les llaman devotos y en política, votantes.

Un mundo de ciegos para los que el Dhamma es absolutamente invisible. Para los que creen y para los que creen que no creen.

Con esto… considerar el ponerse a enseñar es tan duro, que llega a ser imprescindible encontrar en alguna parte una dosis infinita de compasión diamantina.

 

Pensando en la inútil fatiga no he predicado, Brahma,
este sublime y excelso Dhamma a los hombres.

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